Eran muy disciplinados y cuidadosos, muy confiados en cuanto a su valor y capacidades, algo que en ocasiones les hacía ser peligrosos incluso para sí mismos.
Los duelos entre los tercios españoles estaban a la orden del día ya que no dudaban en desenvainar la
espada o usar la pica ante cualquier cosa que consideraran una ofensa o un insulto.
Incluso se enfrentaban a sus superiores si era necesario aun sabiendo que semejante acto implicaba una condena a muerte.
Este carácter, en ocasiones, fue utilizado por los oficiales para poder manipularlos a su antojo ya que los hacía muy predecibles según la situación.
Los tercios españoles siempre pedían las posiciones más decisivas, importantes o peligrosas para sí mismos, ya que solían creerse más eficaces que los tercios de otras nacionalidades en el terreno militar.
Los oficiales no dudaban en complacer sus exigencias aunque hubo que crear castigos para aquellos soldados que rompían la formación o desobedecían órdenes por el ansia de destacar y ser los primeros en atacar al enemigo.
El orgullo y la disciplina de los tercios españoles eran tan grandes que podían llegar a pasar años viviendo en la miseria sin reclamar las pagas atrasadas y sin amotinarse contra el imperio español.
En caso de que decidieran rebelarse, lo hacían después de una batalla para que nadie pudiera acusarles de no haber cumplido con su deber.
La organización durante un motín era similar a la del ejército.
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